miércoles, 26 de octubre de 2011


EL PEQUEÑO PLANETA PERDIDO

Ziraldo (Escritor Brasilero)

Cierta vez enviaron a un hombre al Espacio en dirección a un planeta perdido.



Era un planeta tan distante pero tan distante que el combustible se terminó
 cuando el cohete por fin llegó a su destino. Y era un planeta pequeño
 ubicado en medio del espacio no se sabe en qué galaxia ni en qué
 constelación.

El astronauta caminó por todo el planeta y dio la vuelta al mundo

 en menos de ochenta pasos (es que el planeta no tenía ni río,
 ni mar ni montañas).
 Y viéndose tan solo el astronauta gritó: "¡Socorro!"

Y nadie sabe por qué nebulosa razón su voz recorrió de vuelta

 el camino de la astronave. Y en toda la Tierra de punta a punta
 se lo oyó gritar: “¿Dónde estoy? ¿Qué hago aquí? ¿Quién soy?”

Fue un susto general sin ninguna explicación: aquí, tan lejos,

 en la Tierra todo el mundo escuchaba lo que él decía solito allá 
en el espacio como si hubiera un potente servicio de altoparlantes
 (de parque de diversiones) con el micrófono instalado en el planeta 
del astronauta. Si él se ponía a llorar toda la Tierra lo oía
 (un fenómeno de frecuencia o, tal vez, de sintonía).

Y los científicos de la Tierra también se sintieron perdidos, 

todos estaban reunidos para hallar una solución: "¿Qué podemos hacer?".
 Traer al astronauta de vuelta no se podía, pero dejarlo morir de
 hambre tampoco quedaba bien.

Como las computadoras sabían – de memoria – la ruta de la astronave

 perdida, los científicos le mandaron de regalo al astronauta un cohete
 con mucha comida para el hambre de cada día.

Y todos aquí en la Tierra pudieron dormir de nuevo con el silencio

 de la noche. Sólo muy rara vez se despertaban un ratito con los ruidos
 que, desde el espacio, llegaban de vez en cuando. Pero volvían a dormirse
 tranquilos y contentos cuando inmediatamente oían la voz del astronauta
 que decía en un tono muy delicado: "¡Disculpen!" (porque era muy educado).

"¡Mándenle música!” habló con voz salvadora el dueño de una grabadora.

 “Manden discos, video-clips, cintas, cassetttes, canciones, manden radios,
 tocadiscos, grabadores, televisores.”

“Pero envíenle también un par de auriculares”, agregó enseguida un 

previsor. “¡Por si no nos llega a gustar su programación!"

Y mandaron un cohete colosal cargado de canciones (todas las canciones

 del mundo) con auriculares exclusivos adaptables al oído del solitario
 astronauta. Y una vez más se hizo un silencio total. Y todos pudieron 
 continuar sin correr grandes peligros (oyendo sólo lo que querían
 los fabricantes de discos).

Un largo tiempo pasó hasta que un día, otra vez toda la Tierra se 

despertó al oír, desde muy lejos, cantada con voz nostálgica y sin
 acompañamiento una canción muy linda, tan linda que parecía
 tener todas las canciones del mundo en sus suaves acordes.
 Y la canción decía así:
Tan solo, tan solo
sin nadie...
El que parte
lleva el recuerdo
de alguien.
Y el recuerdo es cruel
cuando existe amor.
Siento un dolor en mi pecho
y evitarlo es imposible.

No puedo más.
Nadie tiene pena
de mi dolor.
Llorar, como yo lloré
nadie debe llorar.
¡Rosa, oh Rosa!
¿Cómo estás, Morena Rosa?
Con esa rosa en el cabello
y ese andar orgulloso.
¡Ay, qué nostalgia siento!

Todo el mundo quedó muy conmovido sin saber ya qué hacer
 para salvar al astronauta que se estaba muriendo de soledad
 y nostalgia. Entonces los científicos de la Oficina Espacial
 recibieron la visita de Rosa: "iYo soy la novia del astronauta!".
 Los ojitos preocupados del jefe de los científicos comenzaron 
a brillar y enseguida preguntó: "¿Usted sabe volar?"

Rosa, entonces, fue lanzada en un cohete color de rosa,

 muy bonita y arreglada, una astronauta tan linda como en
 el Espacio entero no se había visto todavía. Y mientras el 
cohete subía el jefe de los científicos le dijo a su asistente:
 "¿Cómo es que nuestras mentes no habían pensado en esto?
" Y todo el mundo en la Tierra se puso a mirar el Espacio
 viendo al cohete subir con Rosa y el amor de Rosa.
 Esperando la llegada para oír lo que diría el astronauta al ver
 a su Rosa llegar así, de sorpresa.

Y entonces, la noche prevista, la Tierra entera despertó agitada

 y ansiosa oyendo al astronauta gritar el nombre
 de Rosa. “¡ROSA!”.

Hasta ese momento (vamos a decir: para siempre)

 nunca más se oyó al astronauta llorar, o gritar, o implorar,
 o vociferar, reclamar o maldecir. En el espacio hay, ahora,
 sólo estrellas y silencio. Pues como informó el personal
 de la Oficina Espacial: ”La sintonía o frecuencia del
 planeta perdido no permite oír susurros”.




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