domingo, 4 de enero de 2015

MARGUERITTE YOUCENAIR - MEMORIAS DE ADRIANO

"... Sabía que tanto el bien como el mal son cosas rutinarias, que lo temporal se prolonga, que lo exterior se infiltra en el interior y que a la larga la máscara se convierte en el rostro..."  "Memorias de Adriano" - Marguerite Youcenair 


Memorias de Adriano: a la espera del tiempo
“Todo ser que haya vivido la aventura
humana vive en mí”
Marguerite Yourcenar


"... Europa nos dio, durante e inmediatamente después de la segunda guerra mundial, obras literarias fundamentales. Fundamentales por su lenguaje, por su estilo, por su tema, pero sobre todo por su contemporaneidad, por su postura ante un mundo que quería emerger de entre las ruinas y la irracionalidad; fundamentales por la búsqueda de una actitud nueva ante la vida y ante la humanidad misma. Ahí están elDoctor Fausto (1947) de Mann; El tambor de hojalata (1959) de Grass; El juego de los abalorios (1943) de Hesse; La peste (1947) de Camus; Zorba el griego (1948) de Kazantzakis, y tantas otras. Pero, de entre todas ellas, emerge una obra, menos conocida sí, pero no por ello menos perfecta, menos visionaria y particularmente, más intemporal y por ello, más idónea y necesaria en cualquier tiempo. Obra que también merece ser eterna, siempre, me refiero a Memorias de Adriano, escrita por Marguerite Yourcenar.

El libro de Yourcenar, publicado en el otoño de 1951 por la editorial francesa Plon, apareció en ese mismo verano, publicada en tres partes, en la revista La Table Ronde. En agosto, la autora escribe: “...pienso [...] que el libro tendrá probablemente pocos lectores, en todo caso pocos lectores buenos”. La obra fue traducida en 1955 del francés al español, dichosa y más que perfectamente, por nuestro gran escritor Julio Cortázar, y esa es la edición que conocemos los latinoamericanos. Para los lectores de habla inglesa, la obra se publicó también en 1955 por la editorial Farrar, Straus and Young de New York, siendo traducida del francés por la amiga de la escritora, Grace Frick, con quien la autora compartió más de treinta años de vida en común en su mutuo retiro de Mount Black Island —una isla en las costas de Maine, Estados Unidos. A este lugar ambas lo bautizan con el nombre de La Petit Placiere.


La obra se gesta ya en los años 20 y queda inconclusa, siendo en el “exilio” de la autora que la obra es reanudada, en 1947, cuando Yourcenar recupera manuscritos y cartas, perdidas en Europa a razón de la segunda guerra mundial. “Hay obras a las que hay que atreverse después de los cuarenta años”, dice Yourcenar. Al momento de finalizar la obra, la escritora cuenta con la edad de 48 años...







































Memorias de Adriano no surge del caos de la posguerra, surge de la búsqueda de una escritora por un personaje genuino, único y que conjugara una cosmovisión, una actitud, una filosofía personal, múltiples temas; surge del intento de literaturizar un hecho donde se dio la feliz conjunción “de un temperamento, un mundo y una función” y por lo tanto, expresar los máximos límites y las extremas posibilidades de un ser humano dentro de sus circunstancias vitales. Y la obra responde, así, a la necesidad de concluir, en un momento justo, la inquietud que la escritora ha venido madurando a lo largo de veinte años; luego, a la necesidad de la utopía; a una urgencia por la verdad, y a dibujar la posibilidad de que el ser humano es capaz de la construcción de un mundo mejor y feliz, aun siendo nosotros falibles, imperfectos y mortales. Que sea la posguerra donde se da a conocer el libro, bien, pero pudo ser en otro momento histórico, cualquiera, pues los humanos siempre soñamos esas posibilidades.


Esta es una obra humanista, su preocupación es también la sociedad y el individuo; la sabiduría y el poder; el bienestar de la sociedad, su gobierno, su sufrir y sus formas de redención. Pero no es un manifiesto, o una tesis; no es un tratado ni un frío documento histórico; va lejos de la hagiografía: es una novela histórica, por lo tanto es ficción y verdad. Pero es también, un ahondamiento dentro de una personalidad, de cómo ahí se entretejen los afectos, las convicciones, las capacidades y la ideología; el crimen y la virtud. A la imaginación psicológica de un Stefan Zweig, Yourcenar antepone el conocimiento y la comprensión justa de los actos humanos. Sin el uso de diálogos con los otros, más bien, en el diálogo consigo mismo sobre los otros, se nos descubre un mundo interno como un mosaico de rasgos infinitos. Y esto a través de un lenguaje lleno de aquello que Borges llamaba a ser la cualidad principal de un escritor: el encanto, donde se entrelaza la más justa palabra para la perfecta imagen. La novela es el más claro ejemplo de una prosa exquisita, que sólo un escritor como Cortázar podía permitirnos disfrutar con su traducción.

Cuando el libro es publicado veníamos de un mundo horrorizado, desconfiado y destruido, íbamos en busca de un sentido, de una nueva razón, o simplemente de un intento por justificarnos, Así, por ejemplo, nació una filosofía del individuo y su libertad, su autodeterminación, cuyo análisis de suyo excede la intención de este escrito, pero que es un punto de referencia. El presente era entonces, en ese momento de la historia, una necesidad de transformación, y el futuro un sueño, una actitud nueva frente al mundo.


La obra está escrita en forma de una extensa carta plagada de recuerdos, de memorias, de reflexiones; estas memorias tiene un destinatario, una persona: Marco Aurelio, a quien Adriano ya ha elegido como su sucesor en el poder. Pero escribir en primera persona es un reto para cualquier escritor. Autor y personaje van de la mano, pero para el escritor serio, el personaje es una individualidad ajena, es un yo distinto al que tiene que dejar ser y que tiene que conocer, y “en literatura la imaginación es el conocimiento”, dice Carlos Fuentes: hay que imaginar. Pero en la novela histórica, es un imaginar sobre la base de un estudio lo más amplio posible de ese ser y de su ambiente; de ese yo y su circunstancia, si queremos hablar con las categorías de Ortega y Gasset, y que Yourcenar nos lega tan literariamente en la voz de un hombre, sus afectos, su poder y su mundo.


Al mismo tiempo, como señala Milan Kundera en su ensayo El arte de la novela, “hay, por una parte, la novela que examina la dimensión histórica de la existencia humana y, por la otra, la novela que ilustra una situación histórica, que describe una sociedad en un momento dado”. A mi entender Yourcenar logra ambas cosas, destacando principalmente esa dimensión histórica de la existencia de una persona (el emperador Adriano). Por otra parte, siguiendo siempre a Kundera, “crear a un personaje vivo, significa: ir hasta el fondo de su problemática existencial”. Y esto es el logro mayor de esta novela. En ningún momento la autora nos habla de algún atributo físico de Adriano. No lo necesitamos. Esa falta de información no lo vuelve menos vivo ante nosotros. Lo que le da vida es ese hombre en su oposición o sumisión frente a susimportancias, eso de que la circunstancia está hecha en la vida personal, para tomar otra categoría orteguiana.


Dice Yourcenar en una carta a Joseph Breitbach: “De todas mis obras, no hay ninguna otra en la que haya puesto, en cierto sentido, tanto de mí misma, tanto trabajo, tanto afán de absoluta sinceridad; ninguna otra tampoco en donde yo me haya más deliberadamente eclipsado ante un tema que me excedía”. Y prosigue en la misma carta: “Lo que, por contraste, me interesaba mostrar en Adriano, era que fue un gran pacificador que nunca se limitó a vanas palabras, un letrado, heredero de varias culturas, que fue así mismo el más enérgico de los hombres de Estado, un gran individualista y, por esa misma razón, un gran legislador y un gran reformador; un voluptuoso, y también (no digo pero también), un ciudadano, un amante obsesionado por sus recuerdos, unido por diversos lazos a varias personas, mas también al mismo tiempo, y hasta el final, una de las mentes más controladas que jamás se dieron”.


Así, entrar en el alma de un hombre que existió hace casi dos milenios y que en su momento fue el emperador romano más espiritualmente griego que existió; vivir con él sus sueños, sus delirios, sus deseos, sus dolores, sus impulsos y manías; visionar junto a él un futuro que para nosotros es presente. Llegar y compartir un pasado que lo sentimos como un hoy y que nos arrastra con su torbellino de vivencias; en otras palabras, jugar con el tiempo, hacerlo o dejar que nos haga a su antojo, eso es Memorias de Adriano: una invitación, un viaje sin retorno ya, al pasado más lejano y más próximo que podamos sentir a un mismo tiempo.


Después de varias relecturas a lo largo de una década, descubro lo que Borges decía de la lectura: “Ahí donde el libro encuentra su lector, se produce el hecho estético”; sólo que con este libro el hecho estético deja paso a algo más, a la delicia de imaginarse —por obra de creer en el lenguaje—, que uno como ser humano es eterno, poderoso, y al mismo tiempo mortal, vulnerable, susceptible y lleno de estulticia. En otras palabras, de reconocerse más como humano.


Adriano es un hombre dentro de la historia, como cualquiera de nosotros, que en su momento fue el hombre más poderoso de la Tierra y, junto a este personaje, uno se reconoce en aquellos sentimientos y temores que son tan nuestros en cualquier tiempo: “Quería el poder. Lo quería para imponer mis planes, ensayar mis remedios, restaurar la paz. Sobre todo lo quería para ser yo mismo antes de morir”, dice Adriano. Y proféticamente declara: “...la raza humana necesita quizá el baño de sangre y el pasaje periódico por la fosa fúnebre... Veía volver los códigos salvajes, los dioses implacables, el despotismo incontestado de los príncipes bárbaros, el mundo fragmentado en naciones enemigas, eternamente inseguras”. Es que este personaje nos desnuda, nos habla de la intemporalidad y la universalidad de nuestra esencia como personas históricas, hacedores del bien y del mal a lo largo de los tiempos.


Pero también, nos hace enorgullecernos de nuestras posibilidades: “Un hombre que lee, que piensa o que calcula, pertenece a la especie y no al sexo; en sus mejores momentos llega a escapar a lo humano”,reflexiona. En otros pasajes nos dice: “Cuando hayamos aliviado lo mejor posible las servidumbres inútiles y evitado las desgracias necesarias, siempre tendremos, para mantener tensas las virtudes heroicas del hombre, la larga serie de males verdaderos, la muerte, la vejez, las enfermedades incurables, el amor no correspondido, la amistad rechazada o vendida, la mediocridad de una vida menos vasta que nuestros proyectos y más opaca que nuestros ensueños —todas las desdichas causadas por la naturaleza divina de las cosas”.


A través de esa voz nos vemos inducidos a creer en nosotros: “La vida es atroz, y lo sabemos. Pero precisamente porque espero poco de la condición humana, los periodos de felicidad, los progresos parciales, los esfuerzos de reanudación y de continuidad me parecen otros tantos prodigios, que casi compensan la inmensa acumulación de males, fracasos, incuria y error. Vendrán las catástrofes y las ruinas; el desorden triunfará, pero también, de tiempo en tiempo, el orden. La paz reinará otra vez entre dos periodos de guerra; las palabras libertad, humanidad y justicia recobraran aquí y allá el sentido que hemos tratado de darles”.


No se puede ser más realistamente optimista; no se puede dejar de pensar en los humanistas, en Erasmo de Rotterdam, en Rolland, en Tolstoi, en Gandhi. A través de esa voz, que viene del pasado, y que nos habla, recobramos algo que siempre tiende a perderse después de Auschwitz, de Ruanda, de El Mozote, de Hiroshima. Recobramos, creo, la esperanza y la confianza en la posibilidad de la perfectibilidad, pese a nuestras imperfecciones humanas. No sé si Vidal o Graves han logrado con su trabajo algo parecido; pero Yourcenar recobra no sólo un personaje, crea, por medio de un monólogo, un diálogo sobre lo que más preocupa a la persona humana: el intento de ser feliz y trascenderse, pese a la enfermedad, la vejez y la muerte.


La autora luchó siempre por ser fiel a la verdad histórica. Sus fuentes bibliográficas, sus visitas arqueológicas, sus estudios numismáticos y sus profundas incursiones en los estudios culturales y lingüísticos pudieran agotar decenas de páginas tan sólo en lo referido al soporte factual de la obra. (No le fue permitido publicar inicialmente los Carnets o Notas sobre sus investigaciones para escribir Adriano debido a su extensión, que en la versión en español consta de sesenta y cinco páginas). Fue fiel a la verdad histórica y fue, al mismo tiempo, apasionada en la creación literaria. “Conforme iba avanzando, más y más crecía mi respeto por los hechos y por la individualidad única del personaje al que yo trataba de acercarme”, nos comenta en su correspondencia.


Hay que destacar en la obra que Yourcenar escribe decenas de páginas dedicadas a los recuerdos que Adriano guarda de Antinoo —su joven amante—, el encuentro, su vida amorosa junto a él, su muerte y su lucha por perpetuarlo después de muerto. “Cuando considero esos años creo encontrar en ellos la Edad de Oro. ...El trabajo incesante no era más que una forma de voluptuosidad. Mi vida, a la que todo llegaba tarde, el poder y aun la felicidad, adquiría un esplendor cenital... Dejé de hacer preguntas a los oráculos; las estrellas no fueron más que admirables diseños en la bóveda del cielo... Releí a los poetas. Escribí versos...”.Y en su duelo escribe: “La muerte asomaba por doquier en forma de decrepitud o de podredumbre: la mancha de un fruto, la rotura imperceptible en el rotillo de una colgadura, una carroña en la ribera, las pústulas de un rostro... sentía que mis manos estaban siempre algo sucias”. Y Adriano prosigue: “Todo se venía abajo; todo pareció apagarse. Derrumbarse el Zeus Olímpico, el Amo del Todo, el Salvador del Mundo, sólo quedó un hombre de cabellos grises sollozando en el puente de una barca”.

Me atrevo a decir que Antinoo es la figura amorosa más difundida del imperio romano: desde monedas a ciudades que llevan su nombre, pasando por un sin fin de esculturas, que Adriano se afanó por difundir. Como todo ser humano, Adriano nos descubre su amor, su pasión. A través de su amor por su joven amante, el emperador se nos muestra aun más transparente en su estatura de persona semejante a nosotros. La sensualidad, los estados espirituales que crea la relación amorosa con el/la otro/a; los egoísmos; los excesos, el luto. Para entender al emperador hay que conocer cómo ama, cómo olvida y cómo recuerda... en su papel de amante.


La obra y la vida del artista son indisolubles, aunque la obra pertenezca a la posteridad y su poseedor sea ya el anónimo mundo de todas las almas que acarician los destellos inapagables del arte verdadero. Yourcenar fue una personalidad nacida para escribir este libro. Erudita y, al mismo tiempo, una ciudadana del mundo en el más amplio sentido del término; incansable en sus estudios, visitas, reflexiones e intercambios, vivió amando la sabiduría, la verdad, la libertad y con un profundo respeto por todos los alimentos terrestres: el amor, la naturaleza, la sensualidad. Así, es en el arte donde uno descubre que el destino existe, y que sus frutos tienen su simiente ya predestinada en una personalidad que se desarrolla buscando su lenguaje, su tema y su obra... su misión.


Porque las coincidencias personales entre el personaje de Adriano y la propia escritora son estrechísimas: ambos llevaron únicamente una Ítaca interior; ambos conocieron las variadas formas del amor humano; ambos amaron más que nada el placer y la disciplina que requiere el conocimiento para ser creativo; ambos amaron la belleza en su forma de cultura y de naturaleza. Ambos amaron, de esa forma extraña que hace a la autora decir “no pienso igual que ellos, no amo igual que ellos, pero muero como ellos”. Yourcenar revive a Adriano o Adriano crea a esa Yourcenar que en la edad madura conocimos. El libro debe ser leído después de haber aceptado “la sabiduría de lo incierto” e ir más allá de nuestra manía de “juzgar antes de comprender”.


Las ideas sobre la amistad, el amor, los alimentos, el sueño, la vejez y la muerte; sobre el orden social, la justicia, el arte, la filosofía, entre otras, realidades sobre las que Adriano reflexiona, son perlas espirituales que se cultivan con una lectura atenta y prolongada; que se nutren del paso de la vida a través de los años y que nos agregan valor a los actos humanos que nos constituyen. El libro se disfruta más con el correr de los años, quizá porque así se van entendiendo más los actos propios y ajenos; o simplemente, porque la obra requiere ser tratada una y otra vez, para ser valorada, descifrada y amada.

Muerta un 17 de diciembre de 1987, tras sufrir un ataque cerebral el día 8 de noviembre del mismo año, deja ya sin realizar sus planes esbozados en una postrer carta fechada el día 22 de octubre: “...estaré el 12 de noviembre en el hotel Europe-Amsterdam, y me propongo ir en coche a Bélgica (Hotel Amigo-Bruselas) para 3 días... Luego regreso en coche a Ámsterdam y cena o recepción en Palacio... Luego me quedaré en Ámsterdam hasta el 3 de diciembre... Viaje en coche (agradable) hasta Copenhague, donde debo dar la conferencia [sobre Borges] el día 8... llegada el 11 de diciembre a París... Salida de Zúrich para Bombay el 22 de diciembre...”.

Yourcenar nos lega un testamento único con su obra. Después de Memorias de Adriano, escribiría The Abyss(1968), traducida al español como Opus Nigrum, la que fuera su otra obra cumbre. A su vez, escribiría un conjunto de tres libros autobiográficos que denomina El laberinto del mundo (1984). Otros documentos, guardados en la Biblioteca Houghton de Harvard University, con el nombre de Fondo Yourcenar de Harvard, serán conocidos, por voluntad de la autora, hasta el año 2037. Es enterrada en Mount Black Island, junto a las tumbas de Grace Frick —su amante, su secretaria, su amiga, su traductora— y de un amante posterior, un joven periodista llamado Jerry Williams, con el que existía una diferencia de 50 años de edad, y quien fuera, quizás, su Antinoo...


Borges alguna vez le comentó: “Un escritor cree que trata de muchas cosas, pero lo que deja, con un poco de suerte, es una imagen de sí mismo”.

Fuentes principales
  • Kundera, Milan. El arte de la novela. Fabula Tusquets Editores. Barcelona, 2004.
  • Ortega y Gasset, José. El hombre y la gente, Tomo I. Revista de Occidente. Madrid, 1967.
  • Yourcenar, Marguerite. Hadrian’s Memories. Translated from the French by Grace Frick. Farrar, Straus and Young. New York, 1955.
    —. Cartas a sus amigos. Traducción de María Fortunata Prieto Barral. Editorial Alfaguara. España, 2000.
    —. Memorias de Adriano. Traducción de Julio Cortázar. Editorial Planeta. España, 2000.

viernes, 4 de abril de 2014

EZEQUIEL ANDER-EGG



"...Por eso quiero que te des a tus hermanos,
que por su bien pelees y nunca te estés aislado,
bruto y amado del mundo te prefiero a solo y sabio.
A Dios que me de tormentos,
 a Dios que me de quebrantos,
pero que no me dé un hijo de corazón solitario..."

                                                            EZEQUIEL ANDER-EGG,




EZEQUIEL ANDER-EGG, UN INTELECTUAL OBSESIONADO EN APLICAR LAS CIENCIAS SOCIALES A LA SOLUCION DE PROBLEMAS PRACTICOS

“La historia la hacen también personas corrientes y humildes”

Tiene seis títulos de grado, tres de posgrado y 170 libros publicados. Es militante de derechos humanos, ecologista y pacifista. Sobrevivió a varios atentados de la Triple A y la dictadura militar. Tiene seis hijos biológicos y 17 hijas adoptadas. Estudió con Claude Lévi-Strauss y reconoce a Edgar Morin como su gran maestro. Y dice que cuando más aprendió fue al convivir con indígenas.

 Por Verónica Engler
Dice que tiene una “neurosis de trabajo incurable”. Sus más de ciento setenta libros publicados, las numerosas clases y conferencias que ofrece en diferentes países en un peregrinar casi permanente, sumado a sus múltiples proyectos en curso (como los centros de Educación Popular de los que participa en México y Bolivia) dan cuenta de esa característica que lo mantiene activísimo a sus ochenta y cuatro años. Ezequiel Ander-Egg ha escrito sobre los temas más diversos de las ciencias sociales, pero fundamentalmente sobre trabajo social, animación sociocultural y educación. “Nunca pretendí escribir para un público selecto, sino para muchos, ya que mi intención es hacer comprensibles los temas y problemas de las ciencias sociales”, dice cuando desde cierto sector de la academia se lo tilda de “simple divulgador”.
Militante por los derechos humanos, por las minorías sexuales, pacifista, ecologista y feminista. Sobrevivió a varios atentados perpetrados contra él por la Triple A y por la última dictadura militar: muchos dicen que es casi un milagro que se haya salvado. Alegre, de mirada chispeante, este hombre de libros y de acción repasa en la entrevista múltiples aspectos de su vida, sus hijos, sus diecisiete hijas adoptivas, sus pareceres sobre la universidad, su juventud y su experiencia con los indígenas de América latina, con quienes, dice, aprendió más que con las lecciones de Claude Lévi-Strauss que tomó durante una de sus estadías en Francia.

–A usted se lo describe generalmente como un “hombre de acción y pensamiento”.

–Sí, pero hay dos definiciones sobre mí: esa y otra muy poética que dice “ternura en un mundo sin ternura”, por la forma de comportarme. Tengo ciento setenta libros escritos, y todo lo que hay ahí lo saco de la acción. Un día me pidieron que escribiera algo sobre el colegio secundario, y pedí permiso antes para dar clases en un colegio secundario. Pero lo que es menos conocido es mi trabajo por la paz internacional, porque yo sé, por mi trabajo en la Unesco, que todavía hay cuarenta mil bombas atómicas. En las misiones de paz a las que fui, mi corazón estaba con Gandhi, porque sé que si seguimos deteriorando el medioambiente como lo hemos hecho hasta ahora, no podremos sobrevivir más que tres generaciones en el planeta Tierra. Todo esto pasa porque la forma en que usamos la ciencia y la tecnología, por querer ser ricos destrozamos la única riqueza que hay, que es la vida. Si no aprendemos a vivir superando lo que es la sociedad de consumo, si no sabemos vivir de otra manera, nosotros mismos nos destrozamos. La Santa Trinidad del hombre contemporáneo está conformada por el dinero, el consumo y el status. Lo que hace funcionar esto es la publicidad y la propaganda, la publicidad vende productos y la propaganda vende valores.

–¿Como sobrevivió al fusilamiento perpetrado contra usted por la Triple A?

–Estuve treinta y un días tirado a ocho kilómetros de Mendoza, no me podía mover. Me atendía una campesina que no sabía mi nombre. Lo único que quería era vivir embarrado para que no avanzara la gangrena. Todos los médicos que me atendieron por primera vez dijeron que había una posibilidad en mil de salvarme, por las heridas recibidas, y esa posibilidad se dio. (Benjamín) Menéndez hizo público que yo era montonero, pero yo no era montonero, hablaba con los montoneros, hablaba con todos. Y él me mandó a matar. Pero la tragedia es mucho más grande, porque yo sabía que me querían matar, pero cómo iba a abandonar a los jóvenes. Entonces saqué todo el dinero para hacer viajar a mi familia al exilio. Fueron a buscarme y, como no me encontraron, encañonaron a mi familia y se robaron todo el dinero. La que era mi esposa los denunció y a los tres días dinamitaron la casa con ella y un hijo mío. Por suerte se salvaron, pero fue una tragedia tras otra. Al día siguiente de mi fusilamiento quisieron secuestrar a un hijo mío y él pudo cambiar el itinerario y se salvó, pero nunca más volvió a la Argentina. Mi madre sufría mucho por toda esta situación. Ella quería que yo abandonara la lucha, pero entonces yo le dije: “Mientras haya en el mundo una sola mujer campesina explotada no dejaré la lucha”.

–Antes de irse al exilio, a usted lo criticaban en la Universidad de Cuyo, de la que era docente, por leer a Arturo Jauretche, ¿verdad?

–Sí, es que acá los académicos leían a los europeos. (Andrés) Delich, que fue ministro de Educación, ha hecho unas críticas tremendas a Jauretche y yo, en cambio, defendía sus aportes. El vendía libros porque no escribía como un sociólogo. ¿Qué es tener nivel sociológico?, ¿decir con palabras ininteligibles lo que todo el mundo sabe por sentido común?, ¿hacer investigaciones y escribir papers que sólo sirven para incrementar el curriculum vitae de quien los escribe? Después de que me expulsaron de la universidad, por socialista, me quisieron reintegrar pero no quise. ¿Para qué? La universidad está llena de papagayos culturales, dan textos sin contexto. La última vez que tuve reunión de Consejo en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, cada profesor decía a principio de año qué texto iba a trabajar. Para mí decir qué texto se va a trabajar no es manera de pensar, yo lo que planteo es qué problemas que afectan a nuestro pueblo vamos a estudiar. Estoy decepcionado de la universidad latinoamericana, porque no está relacionada con los problemas concretos.

–¿Cómo es su itinerario antes del exilio? ¿De Bernardo Larroude, en La Pampa, donde nació, se fue a estudiar a Mendoza?

–No, estuve por todas partes. Estuve en Córdoba haciendo el bachillerato aeronáutico creado por Perón. Fui uno de los trescientos veinte jóvenes de todo el país elegidos por Perón para este proyecto que fue importantísimo, la carrera de aeronáutica. Yo hice eso porque quería salir de pobre. Terminada la (segunda) Guerra Mundial, diferentes países se llevaron alemanes altamente capacitados: en primer lugar Estados Unidos, la URSS, Inglaterra, Francia, y Perón trajo a especialistas en aeronáutica. Perón ahí tuvo mucha lucidez. A fines de 1946 hizo la convocatoria de jóvenes para que hicieran una formación en aeronáutica, de tipo técnico. La carrera de cinco años se haría en dos años y medio: eran cinco meses y medio de clases y quince días de vacaciones. Esta gran idea de Perón, después de que él desapareció de la vida política, se frustró. Cuando vuelo en aviones fabricados en Brasil recuerdo este “fracaso” argentino causado por la falta de visión de dirigentes políticos que nunca entendieron lo que Perón quiso hacer.

–¿Y usted entró en la Aeronáutica?

–Un tiempo, pero me terminé retirando porque no era militarista. Pero después ocurrió que cuando elegí Mendoza porque quería estudiar filosofía tuve el problema de que la carrera de aeronáutica era un secreto de Estado, y no podía entrar a la universidad. Entonces me puse desesperado a hacer el bachillerato y, finalmente, en septiembre de 1953 dijeron que no era secreto de Estado, y pude entrar a la universidad. El 30 de septiembre de 1953 comencé la carrera y el 31 de agosto de 1955, en un año y once meses, yo me había graduado en Ciencias Políticas y Sociales. Luego me fui a España con una beca, me doctoré en Ciencias Políticas y Económicas. Volví y fui profesor en la facultad, mis alumnos de quinto año habían sido mis compañeros de primer año. Al mismo tiempo tenía un cargo en el gobierno de La Pampa, que era algo así como ministro de Asuntos técnicos.

–Y luego se volvió a ir a Europa para seguir estudiando, ¿verdad?

–Sí, a Francia, en la década del sesenta. Hasta ese entonces había trabajado sólo como economista. En Francia me gradué en Planificación Económica y Social, y pensaba irme a Vietnam a trabajar con el padre (Louis) Lebret, con el equipo de Economía y Humanismo. Pero (Alfredo) Calcagno, que era el embajador ante la Unesco, me dijo que volviera para trabajar con el presidente (Arturo) Frondizi, que para mí era un estadista, lo respeto mucho. Volví y me nombraron director de Desarrollo de la Comunidad, y en dos años construí tres mil doscientas viviendas para los sectores más pobres de Argentina.

–Usted ha tenido cinco hijos y una hija biológicos, pero luego adoptó diecisiete hijas. ¿Cómo tomó la decisión de hacerse cargo de esa prole numerosa?

–Las adopté en un momento para no volverme loco, fue cuando murió mi hija Graciela. Pero no las adopté de bebés, no tuve que cambiar pañales (se ríe), como a los dieciocho años. Tampoco vivían todo el tiempo conmigo. Me hice cargo de que pudieran formarse, ir a la universidad, hacer sus posgrados en el exterior, porque todas ellas son de ascendencia indígena, de países latinoamericanos. Generalmente pasaban seis meses aquí para aprender artesanía intelectual, para iniciarse en las cosas de la investigación. Este año las diecisiete tendrán su título universitario. A las mejores les di una mayor formación en Europa, especialmente a la guaraní-paraguaya, Mariela Cuevas, que estuvo hace poco aquí. Ella fue mi secretaria en Venezuela, cuando yo trabajaba con Chávez para el socialismo del siglo XXI y la Unasur. Ella se graduó en Venezuela y era la “mimada” de Chávez por su militancia e inteligencia. Tenía 22 años cuando fue escogida para hablarles a todos los presidentes de América del Sur. Anoche justamente vino la primera hijita que adopté, una quechua-aymara, porque está haciendo el curso internacional que dirijo (en la Escuela de Psicología Social del Sur). Una de las características para escoger a mis hijas es que son personas que tienen un compromiso, de servicio a la gente. Pero ya no adopto más. Mi dinero lo he usado en esto, no lo he donado a ninguna organización como la Cruz Roja o Unicef, porque he trabajado en esas instituciones y las conozco bien.

–Usted ha vivido con varias comunidades indígenas de Latinoamérica e incluso lo han consagrado “anciano”. ¿Me puede contar algo de estas experiencias?

–Sí, me consagraron hace unos años, en México. Pero mi experiencia con los mayas en Guatemala fue muy importante, creo que fue el cargo más importante que tuve en mi vida, como responsable del Programa Indígena, pero me terminaron expulsando del país, y con toda razón. Y por veintidós años no pude entrar.

–¿Por qué lo expulsaron?

–Recuerdo el día en que asumí, que estaba con el presidente y la ministra. Me pusieron coche con chofer, y el chofer se bajó para que yo me sentara atrás. Entonces le dije a la ministra: “Yo no voy a trabajar así, yo me voy a vivir con los indígenas”, y así lo hice. Estuve un tiempo con heridas que no me cicatrizaban porque estaba mal alimentado. De noche estudiaba antropología. Yo había estudiado antropología con (Claude) Lévi-Strauss en Francia, pero siempre digo que aprendí más con mis hermanos indígenas. Y los oligarcas de allí son tan hijos de puta como los de aquí, decían: “Estos indígenas no quieren trabajar”, y yo les decía: “¿Cómo van a trabajar si tienen hambre?”. Entonces, claro, la oligarquía me vio mal. Además, eran muy religiosos, querían la misa cantada, con tres curas, que cobraban quince quetzales, que era el sueldo de un mes, y yo me opuse a eso. Bueno, como si esto fuera poco, después me metí con los militares. Entonces, a los tres meses me expulsaron y por veintidós años no pude entrar al país.

–Y también lo echaron de España, ¿no?

–Ah, de España varias veces, la última vez por hacer la lista de las amantes del rey. Porque no aguanto la hipocresía, y la monarquía no me va. Yo sabía eso del rey porque en su casa tenía un general, que era el jefe, y ese general tenía un hijo jesuita, y le contaba cosas al hijo jesuita y el hijo jesuita me las contaba a mí, y se armaba una chismografía impresionante. Pero ¿por qué me daba bronca esa vida del rey? Porque los días de Navidad él daba su mensaje a favor de la familia, y yo no admito la hipocresía. Admito las diferentes opciones sexuales, la homosexualidad, el lesbianismo.

–Usted ha salido en varias oportunidades a responder públicamente a la Iglesia sobre el tema de la homosexualidad, e incluso se declaró militante gay.

–Sí, fue en cierta forma gracioso. El problema que tuve fue acá en la Argentina cuando el cardenal (Antonio) Quarracino dijo que había que poner aparte a todos los homosexuales. Entonces, llegué de España y me hicieron una entrevista larguísima, y de pronto la periodista me pregunta qué pensaba de lo del cardenal Quarracino, y yo dije: “Mire, Jesucristo jamás diría eso, tú sabes de mi militancia”. Y la periodista me dice: “Sí, eres militante de los derechos humanos, pacifista, ecologista y feminista”. Entonces, yo le dije: “Y ahora me declaro militante gay sin ser homosexual”. Y apareció la nota en el diario con el título: “Ander-Egg se hace militante gay gracias al cardenal Quarracino”. Antes, durante el gobierno de Alfonsín, en una ocasión cuando venía en una misión oficial, el gobierno me recibió como si fuese diplomático en Ezeiza, y me ponen en una entrevista con Radio Nacional. Hacía poco (el arzobispo Emilio) Ogñenovich había dicho, cuando Alfonsín planteó la ley de divorcio, que detrás de esa ley vienen el sida, la homosexualidad y el lesbianismo. Y me preguntaron qué pensaba de eso. ¿Qué iba a contestar yo? Rápidamente se me ocurrió decirle: “Mire, yo creo que ustedes los periodistas lo han tergiversado, porque no puede ser, porque no puede haber un tipo tan bruto y tan idiota que diga algo así”.

–¿Qué está escribiendo en este momento?

–En esta etapa de mi vida estoy en la tarea de reescribir mis libros más significativos, pero además estoy escribiendo un nuevo libro que se llama Historicidades anónimas. Casi toda la gente cree que la historia es la resultante de grandes acciones políticas o militares, que la hacen personas que han tenido poder, que han sido importantes empresarios o científicos. Esto es parcialmente cierto, pero la historia la hacen también personas corrientes, humildes, sin cargos públicos, con acciones pequeñas, fragmentarias, pero que cambian la historia, entre tantas está por ejemplo la de las Madres de Plazas de Mayo. Entre la treintena de historias que ya escribí, una es la de Rosa Parks, una mujer negra que era costurera, y un día se sentó en el autobús y vino un hombre blanco que la quiso hacer levantar. Como no se levantó, la metieron en la cárcel y el juez que la juzgó dijo que ella tenía razón. Desde ese día los negros pudieron sentarse en los autobuses y cambiaron muchas cosas. Otra historia que tomé es la de Vasili Arkhipov, un marino ruso que evitó una catástrofe universal. Fue el 27 de octubre de 1962, cuando Estados Unidos declaró el bloqueo comercial a Cuba, enviando destructores para hacerlo efectivo. Había unos cargueros de la URSS que traían misiles, iban escoltados por submarinos B-59. En un momento del encuentro de navíos de ambas potencias, un submarino lanzó un disruptor de sonido que el destructor confundió con un torpedo y respondió lanzando una carga de profundidad sobre el submarino. El gobierno de Estados Unidos no sabía que los tres submarinos estaban provistos de torpedos con cabeza nuclear. Por la dificultad de comunicarse con Moscú, podían tomar cualquier decisión si lo aprobaban los tres comandantes. Uno de los comandantes decide disparar el misil con cabeza nuclear sobre la Casa Blanca, pero cuando consulta al comandante Arkhipov él dice que no hay información suficiente y vota en contra. Entonces, no se lanzó. Fue un instante en que se jugó la suerte de la humanidad.
http://www.pagina12.com.ar/diario/dialogos/21-243049-2014-03-31.html

Un intelectual inclasificable


 Por Verónica Engler
Franciscano agnóstico, amante de la naturaleza y de la vida sencilla. Ezequiel Ander-Egg obtuvo seis títulos de grado y tres de posgrado: realizó estudios de sociología, ciencias políticas, economía, planificación económica, planificación social y pedagogía. La investigación y creación de técnicas de desarrollo social en las que trabajó fueron vitales para el desarrollo de la profesión del Trabajo Social, en su fundamentación técnica y práctica. Es una de las personas que más escribió sobre esta disciplina a nivel mundial. Es sobreviviente de un fusilamiento por parte de la Triple A, además de atentados y persecuciones durante la dictadura, por lo que vivió muchos años exiliado en España. “La vida merece vivirse con un ideal que trasciende la propia vida; lo importante es tener la alegría de vivir”, asume.
Fue director de Desarrollo de la Comunidad en el Consejo Federal de Inversiones, durante el gobierno de Arturo Frondizi, asesor de la Secretaría de Cultura de la Nación, consultor de las Naciones Unidas en planificación nacional y local, de Unicef en política social y de la Unesco para América latina en el campo de la política cultural, entre otros.
Es autor de más de ciento setenta libros sobre temas sociales, económicos y educativos. Una de sus obras más paradigmáticas es Metodología del desarrollo de la comunidad, que se inscribe dentro de la corriente de Economía Humanista liderada por el presbítero Louis-Joseph Lebret. Otros de sus libros destacados son: Metodologías de acción social, Evaluación de servicios y programas sociales, La práctica de la animación sociocultural, Repensando la investigaciónacciónparticipativa, Metodología del trabajo social, El holocausto del hambre, Formas de alienación en la sociedad burguesa y El desafío ecológico, entre otros. “Me importa poder aplicar las ciencias sociales a la solución de problemas prácticos, aunque pensando siempre que, más importante que la ciencia y los métodos de intervención social, es la solidaridad o capacidad de compromiso”, señala.
Reconoce como su gran maestro al filósofo y sociólogo francés Edgar Morin, con quien mantiene una relación de amistad.
Vendió más de tres millones de libros, pero no es millonario, vive de manera más o menos austera, en una casa de Martínez, su centro de operaciones cuando no se halla viajando por el mundo. Dice que su dinero fue destinado al gran sueño de la América latina liberada. En concreto, esto quiere decir que utilizó buena parte de lo obtenido de la venta de sus libros para solventar la educación de sus diecisiete hijas adoptivas.
Fue declarado ciudadano ilustre por la Municipalidad de Bernardo Larroudé, provincia de La Pampa, que es el pueblo en el que nació.
Su casa está organizada con el Feng Shui, energéticamente, practica tai chi chuan todas las mañanas, es naturista y planea vivir hasta los ciento veinte años
http://www.pagina12.com.ar/diario/dialogos/subnotas/243049-67427-2014-03-31.html

jueves, 13 de marzo de 2014

El Señor de los Anillos y su creador Tolkien .-





Fue hasta 1952 que el dictaminador original de El hobbit, el joven editor Rayner Unwin, acabó de leer el texto original de El señor de los anillos y sugirió a su padre la arriesgada propuesta de publicar con ciertos trucos editoriales y llevaderas, pero bastante probables pérdidas económicas, la que de inmediato consideró como una novela asombrosa. 

“Si crees que es una obra genial puedes perder mil libras”, le contestó el ahora Sir
Stanley Unwin, quien en ese momento estaba haciendo un largo viaje por el
extranjero. Rayner Unwin decidió publicar el libro en forma íntegra,
dividiéndolo en tres partes que él mismo denominó “La comunidad del anillo”,
“Las dos torres” y “El retorno del rey”. 

Tolkien aprobó a regañadientes el esquema de edición de la obra y estuvo de acuerdo con los nombres asignados a su naciente trilogía. Aunque expresó que el tercer título debía llamarse algo así como “La guerra del anillo”, en lugar de “El retorno del rey” –pues ese
nombre resultaba menos revelador–, no estaba en condiciones de imponer todos
sus puntos de vista. Los Unwin financiarían completamente el proyecto y por
ello programaron, para mediados de 1954, una edición de 3500 ejemplares –la
habitual en la Inglaterra de aquellos días– para el primer volumen de El señor
de los anillos; otra de 3250 para el segundo volumen, la cual aparecería en
1955, y una final de “El retorno del rey”, con sólo 3000 ejemplares, hasta
1956.

Sin embargo, sucedió algo inesperado. La modesta edición de “La comunidad del
Anillo” comenzó a agotarse rápidamente y Allen & Unwin debió apresurar la
publicación de “Las dos torres”, que llegó a las librerías en noviembre de
1954, con un número de ejemplares mayor al previsto inicialmente. 
Cartas de lectores atormentados por lo inconcluso de la historia y críticas positivas en
la prensa, determinaron que “El retorno del rey” viera adelantada –y por
supuesto, también ampliada– su publicación y apareciera en el mes de octubre de
1955; de hecho, eso no ocurrió antes porque Tolkien requería tiempo para
confeccionar los apéndices que había prometido desde un principio.
Una vez que la trilogía quedó integrada y pudo lograrse una visión de conjunto
de la obra, revistas y periódicos relevantes de Gran Bretaña y los Estados Unidos le dedicaron críticas elogiosas. 
Destacaba un comentario en el New York Times, escrito por el poeta inglés W. H. Auden
–exalumno de Tolkien en la Universidad de Oxford–, quien apuntó que el autor
“ha triunfado donde Milton fracasó”,refiriéndose, desde luego, a los rasgos
épicos comunes tanto a El paraíso perdido, como a El señor de los anillos. Pero
lo que podría llamarse el “fantasma de Hugo Dyson” hizo también y de inmediato
su aparición entre las reseñas y comentarios a la novela de Tolkien. 
El prestigiado crítico literario norteamericano Edmund Wilson publicó en abril de 1956, en The Nation, un demoledor artículo donde figuraban los contenidos básicos de lo que
aún hoy se critica frecuente y esencialmente en la novela fantástica, e incluso
en las recientes películas de El señor de los anillos, dirigidas por Peter Jackson: 
que es una obra demasiado compleja y seria para el público infantil y demasiado ingenua para el adulto; que las situaciones y personajes del libro son declaradamente maniqueos y hasta pueriles, en extremo alejados de cuanto se relaciona con la compleja vida moderna; que la prosa y el verso de la novela son con franqueza amateurs y faltos del oficio de un verdadero profesional de la creación literaria; etcétera. 
Estas afirmaciones conforman lo que es factible denominar un “síndrome de Edmund Wilson”, que sigue convenciendo en la actualidad a numerosas personas en todo el mundo, con respecto a la enorme saga de J. R. R. Tolkien.